Redescubriendo Bogotá

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Redescubriendo Bogotá

Llegué a Bogotá hace 22 años y recorrer sus calles no era una experiencia agradable. Llegué como muchos soñadores de “provincia” a buscar un mejor futuro, y mientras ese futuro se convertía en presente, recorrí sus calles de sur a norte y de oriente a occidente, en un trabajo de mensajero que conseguí para ganarme la vida, en medio de una ciudad que percibía como hostil, caótica, insegura y con un tráfico desordenado, impresión alimentada en gran medida por las noticias que vemos a diario en los medios de comunicación. 

Hoy después de tantos años salgo nuevamente a recorrer las calles bogotanas, ya no como mensajero, sino como una especie de turista desprevenido que camina por donde quiere y no por donde le toca, dejándome impresionar por unos lugares, que durante tantos años he tenido cerca, tan cerca que los había ignorado, y solo hasta ahora valoro la belleza de lo cotidiano. 

Cerca de mi lugar de residencia me tropiezo con un grafiti sobre un viejo portón en la calle 45 con carrera 15 que dice: “la verdadera aventura del descubrimiento no consiste en ver nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”. Y son esos nuevos ojos los que me permiten ver, que sin ser tiempo de lluvia las nubes besan la punta del cerro, parafraseando una bonita canción vallenata. Basta dirigir la mirada hacia los cerros orientales a la altura de la calle 26 con carrera 10 para descubrir un bonito contraste de ladrillos, árboles, edificios y los imponentes cerros sobre los que se posa una nube que amenaza con caer. 

Sigo avanzando hacia el centro y encuentro un entorno moderno que combina grandes edificios con amplios espacios peatonales y un nuevo mobiliario urbano, que dan impresión de orden y seguridad, además invitan a caminar en medio de coloridas aves y grandes flores pintadas en grandes murales por unos artistas famosos y otros desconocidos. 

La tradicional carrera séptima sigue en obras, lo cual es un poco incómodo al caminar, pero lo mismo sucede en otros lugares del mundo como Madrid la capital española, y ello significa que se está trabajando para mejorar. Lo propio sucede con algunas viejas construcciones del centro, que por lo viejas o descuidadas no apreciamos su belleza arquitectónica, que nada tienen que envidiar a ciudades europeas que son apreciadas, mientras en Colombia desechamos lo nuestro. 

En mi recorrido por el centro me tropiezo con el teatro municipal Jorge Eliecer Gaitán, que junto con el teatro Colón, están a la altura de sus homólogos de Barcelona, Milán o Buenos Aires. Continúo y a pocos pasos me tropiezo con la iglesia de las nieves, de un estilo bizantino llena de colores rojos y amarillos que le dan un toque único que invita a conocerla, no solo por los religiosos, sino por los amantes del arte en todas sus manifestaciones, incluso por los simples curiosos como es mi caso.  

Sigo caminando de norte a sur y observo desde un moderno rascacielos de diseño no muy definido, hasta viejas casas que se resisten al paso del tiempo en el barrio La Candelaria, y lo mejor es que en unas pocas cuadras encontramos una amplia oferta de restaurantes, hoteles, hostales, bares y hasta venta de la tradicional chicha de maíz. 

Cansado de caminar regreso a mi vivienda en el tradicional barrio Palermo y siento que por fin soy parte de esta ciudad, y que ella me pertenece, así no haya nacido en este suelo, al fin y al cabo, somos de donde nos tratan bien, y ese buen trato inicia con la estética del lugar, ya que todo entra por los ojos, y difícilmente encontraré en otro lugar esa armonía que ofrecen las imponentes casas del sector con sus conservados jardines. 

Por: José David Ruiz Argel