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Hay espacios que se convierten en refugios, lugares que a través de los sentidos se vuelven a encontrar, y empiezas a rehacer el vínculo que te une con el planeta. Un respiro hondo en este lugar y dejas que todo valga la pena, exhalas y ya está ¡eres hombre nuevo!

Descubrir el Jardín Botánico de Bogotá por completo, de un solo envión es impensable, sin embargo, para darle forma a este recorrido cuento con la ayuda de Andrés David, uno de los biólogos experimentados del Jardín.

Mientras caminamos me cuenta detalles históricos y hacemos un repaso sobre José Celestino Mutis (el sabio que da nombre a este hermoso lugar); una semblanza de Enrique Pérez Arbeláez, sacerdote fundador del escenario; hablamos de José Jerónimo Triana, el más importante médico botánico en la historia del país y al mismo tiempo, reconocemos a María Teresa Murillo, la primera dama de la botánica en Colombia. Todos herederos de la obra de la primera expedición botánica y, por supuesto, íconos del jardín.

En ese momento nos detenemos y Andrés me dice “Hay muchas formas de recorrer el jardín y ninguna es suficiente para detallar sus 19.4 hectáreas; sin embargo, hoy vamos a visitarlo o mejor a intentarlo descubrir de a poco, por escenarios” así empieza esta exploración.

El escenario es una planicie de verdes intensos atravesada por caminos breves con piedras rotulares. Aunque la mano del hombre ha intervenido el espacio, la naturaleza es la protagonista principal de la historia. El jardín es extenso, es que son 194.000 metros cuadrados de verde a cielo abierto, por donde el aire revolotea a su antojo entre las hojas de los árboles, los frutales y algunas floridas plantas.

Un primer escenario: la Cascada. Altos helechos como verdes sombrillas se pegan al techo del lugar, entre las rocas discurre el agua, haces de luz se proyectan y, de repente, una corta caída de agua resuena de fondo. En seguida una audaz y menuda ave aparece, toma del líquido y de nuevo, rauda, desaparece de la escena; el cuadro es perfecto.

Seguimos por un sendero, un breve ascenso y allí está el segundo paraje: la zona de páramo. Una emulación natural con plantas y especies muy propias de este ecosistema. Los sentidos están dispuestos y la escena también: líquenes arenosos, musgos aterciopelados y vegetación paramuna; entonces Andrés suelta una frase “el páramo es el origen de la vida” y me explica, emocionado, cómo éste se abre y coloniza las montañas del país. Aquí me entrega un dato vital “Colombia tiene el páramo más grande del mundo: Sumapaz y, además, la extensión más grande estos ecosistemas: cerca del 62% de páramos del mundo se ubica en Colombia” ¡Impresionante!

La exploración de esta zona finaliza en el tercer escenario: el mirador del páramo, una especie de panóptico desde el cual refulge el verde de todo el jardín, sobresalen altos y frondosos los árboles con las coloridas enredaderas que los circundan: ojo de poeta o susanitas por doquier.

Desde allí, Andrés David integra el primer tramo del recorrido y me explica “este es el único Jardín Botánico en el mundo que tiene un representación del ecosistema de páramo en su espacio, es un privilegio”. Afirma, entonces, que desde esta altura se lleva el agua hacia la cascada intentando simular el ciclo del agua “desde la zona de páramo del jardín traemos el agua, hay todo un circuito hídrico que empieza en lo más alto y termina en el espejo de la cascada, la idea es exponer así el ciclo de la vida, el ciclo del agua”.

Descendemos y llegamos al bosque de niebla, la cuarta estación de esta travesía, el camino lo marcan los yarumos, las palmas, los sangregados y los urapanes que desde lo alto baten sus ramales, chasquidos de hojas y sonidos al ritmo del viento. Luego cerrando el paso, de fondo una imponente planta destaca: el nogal, el árbol de Bogotá, apenas me acerco, percibo su esencia… un cítrico aroma sirve como epílogo de este tramo.

El verde del jardín es totalizante y, sin embargo, entre sus corredores asoman algunas piezas tonales que lo embellecen aún más. Entramos en el sendero de las orquídeas y las bromelias, un paraje de policromías natural; allí la noción de tiempo se extravía y la mirada se pierde entre el púrpura de cada pétalo, la delicada silueta de las orquídeas y, por supuesto, las angulares formas de las bromelias. ¡Espléndido!

Mientras andamos, Andrés David solo me dice “hay que saber de dónde se viene para saber qué contar” y, acto seguido, veo un gran monumento, un tributo ancestral, el próximo paraje: la Maloca. Una edificación hecha a mano por indígenas uitoto, con palma real, bejucos y yarumos.  La Maloca es un homenaje del Jardín Botánico de Bogotá al pueblo amazónico y a las etnias del país. Allí mismo hay una “chagra” (una especie de jardín milenario donde se siembran plantas) que sirve para exponer el orden cósmico ancestral ¡Mágico!

Recorremos más lugares del jardín: la rosaleda repleta de delicados tonos y formas, un espectáculo vivo, romántico e íntimo. Luego atravesamos una pérgola con enredaderas que merodean toda la estructura y de repente un naranja intenso: “Mutisia Clematis” la flor insignia del jardín, una especie idescifrable  para el mismo José Celestino. La planta sería bautizada por el botánico sueco Carlos von Linneo, científico que definió los nombres y apellidos de todas las plantas en siglo XVI, con el apellido de Mutis. Andamos un poco más y afloran las más llamativas y consentidas plantas del lugar: aniguasantos, amapolas, amarantos, achiras, digitalis, lirios y dalias, estamos en el jardín de exóticas, un paraíso.

Nuestro recorrido finaliza entre azaleias, plantas de quina y hojas del té de Bogotá: aroma, leyenda y naturaleza pura en el Jardín del Fundador. Atravesamos un par de senderos y de pronto aparecen cultivos muy ordenados de leguminosas, tubérculos y algunas frutas, un tributo al trabajo natural, una semblanza de la riqueza agrícola del país en Bogotá, reconocemos la huerta agroecológica.

El guía solo extiende su brazo derecho, como quien abre un telón, y el verde de su uniforme lo vincula casi de inmediato a la escena, en ese instante solo apunta a decir: “como ve, cada planta tiene una historia que contar; aquí no hay libretos para hablar del jardín, solo decimos lo que sabemos, aprendemos y sentimos” un apretón de manos y con vehemencia Andrés concluye “venir al Jardín Botánico de día o noche, solo o acompañado… venir muchas veces es encontrarse de maneras diversas, siempre es una experiencia diferente” cautivado por todo sólo acudo a responder que es verdad y que “el jardín es infinito, una representación única de Bogotá".

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