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Todo comenzó en los años 20, cuando el empresario judío Rubén Possin vio en estas tierras un potencial comercial, entonces se dio a la tarea de contratar un arquitecto para que diseñara la división de los lotes y así comercializarlos; de esta manera, poco a poco empezaron a llegar personas provenientes de diferentes lugares del país, quienes se encargaron de convertir el sector en una zona comercial donde se encontraría las cosas necesarias de cualquier hogar.

Una de las construcciones más significativas de este tradicional barrio es la Plaza de Mercado 20 de Julio, un lugar que vibra por sus sabores, olores y colores, y cuenta con las siguientes actividades comerciales: artesanías, artículos decorativos, fruta, verdura, carnes, plantas, graneros y tiendas esotéricas.

Al entrar a la plaza, te encontrarás con las populares fruterías, donde tendrás el placer de saborear una amplia variedad de frutas bañadas en crema de leche y queso. Además, estos establecimientos son muy apetecidos por la venta de ceviche y jugos naturales; Salma Galindo toda su vida a vivido en la localidad, reside en el barrio Juan Rey expresa que desde que tiene memoria su familia siempre ha sido cliente de la plaza y en cada visita no puede faltar comer ceviche porque son muy buenos y frescos.

Luego, en el centro de la plaza, encontrarás verduras, frutas y cárnicos de alta calidad. Si el día de tu visita tienes ganas de preparar una rica arepa de maíz, hacia los costados de la plaza hallarás los graneros. En la parte final, están los campesinos especializados en comercializar un solo producto: papa, plátano, entre otros. 

Carmen Vaquero, quien hace 10 años reside en el barrio, cuenta que la plaza 20 de Julio es su preferida porque encuentra todo lo que necesita, incluso comida para su mascota: “Siempre elijo esta plaza, porque no tengo que desplazarme a otro lugar para conseguir productos que requiero en mi casa. Hoy, por ejemplo, quiero hacer un ajiaco santafereño, ya compré las papas (criolla, pastusa y sabanera), la mazorca, el pollo, entre otras cosas. Pero lo que más adoro de este lugar es que también puedo comprar la comida de mi bebé de cuatro patas a precios favorables”.

Otra cosa que hace muy especial a la plaza es su cercanía con la iglesia 20 de Julio. Los turistas nacionales e internacionales se desplazan de la iglesia hacia el mercado para adquirir productos de primera necesidad. Sus comerciantes cuentan que un fin de semana pueden visitarla entre 4 mil y 6 mil personas para conocer sus productos y su oferta gastronómica. 

Carlos Ortíz, un santandereano ‘berraco’, como se dice popularmente, hace parte de la plaza desde que la inauguraron, en 1974. Su puesto de trabajo queda en el primer piso, al fondo de la plaza. Mientras atiende y comercializa su producto insignia, el plátano llanero, cuenta cómo ha sido el desarrollo de la plaza: 

“Hace 50 años, llegué a la ciudad de Bogotá, donde empecé a trabajar como vendedor ambulante. Este oficio culminó al encontrarme con un paisano  que hacía parte de las plazas privadas de Bogotá, entre los dos y junto con otros vendedores  solicitamos a la  Edis (Empresa Distrital de Servicios Públicos) la compra de un lote, que se negoció en los años 60 y hasta el año 74 se logró adquirir para montar la plaza. El lugar se ha reestructurado bastante, los puestos eran de madera, los pisos eran de 20x20. Esta plaza ha sido muy competitiva gracias al Divino Niño que atrae a muchos turistas nacionales e internacionales, porque a este puesto me han llegado personas de Alemania, Perú, Inglaterra, Japón y Estados Unidos, quienes hacen un mundo de preguntas frente a las plazas y sus productos”. 

Esta mítica plaza bogotana tiene 328 módulos. 18 son destinados para el mercado campesino y el mercado itinerante; este último convoca a personas para que promocionen sus productos en el mercado campesino, quienes pagan por jornada menos de 1 dólar,  logrando potencializar el comercio y la economía de productores provenientes de Chipaque, Boyacá y Santander. A raíz de estos espacios, se han realizado diferentes eventos junto a agencias de viajes para dar a conocer el lugar y fortalecer su vocación turística. 

Por otro lado, entre velones, aceites, cremas, riegos, baños de limpieza, entre otros productos para atraer la abundancia y la prosperidad, doña Blanca Flor Vargas recuerda con gran entusiasmo cuando llegó a la plaza vendiendo inicialmente frutas y verduras: “Fui la fundadora de esto. Inicié vendiendo verdura y, con el tiempo, cambié mi actividad hacia lo esotérico. Me gusta guiar a las personas para que aprendan que el velón verde sirve para la salud, el naranja para el amor, los riegos para la prosperidad, para la limpieza. Aunque ya no tengo la misma memoria de antes, mis hijas, en especial la menor, aprendió de estos temas, y es ella quien atiende a las personas y las guía. A diario se recibe a mucha gente en busca de bienestar”. 

Todos los días la plaza es muy activa, abre de 7:00 a.m. a 4:00 p.m. de lunes, martes, miércoles y viernes, los jueves de 7:00 a.m.  a 2:00 p.m. y los fines de semana de 7:00 a.m.  a 5:00 p.m. Hace poco tuvo una intervención estructural, en la que se terminó de cambiar el piso con la idea de potencializar el atractivo de la plaza, y las cocinas se remodelaron hace solo 2 años. 

Este espacio renovado, exclusivo para disfrutar la mejor gastronomía típica de nuestro país, cuenta con 12 restaurantes ubicados en el segundo piso de la plaza, una zona para atender cerca de 150 turistas, entre locales y visitantes. Encontrarás cocido boyacense, viudo de capaz, sopa de raíz, pescados, sancochos, entre otros platos para todos los gustos. ¡No te lo pierdas! 

 

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