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Mis abuelos siempre me decían que las plantas tenían vida y que nuestros antepasados las cuidaban y adoraban porque sin ellas la existencia seria en vano; mi abuela les hablaba y de algún modo ellas también le hablaban a ella: mi abuela cuando se sentía algo abatida, iba, las regaba y, como por arte de magia, volvía feliz y radiante. Y a mi me pasaba (y pasa) lo mismo: los árboles del parque me curaban el alma, me daban y aún me siguen dando vida.

En el 2012, cuando empecé a frecuentar el parque, había aún algunos vestigios del que fue un Carrusel (una atracción de diversiones mecánica con caballos que daban vueltas) que importó desde París el expresidente de Colombia Rafael Reyes a inicios del siglo XX e instaló en la parte más alta del parque. El Carrusel, según me contó un anciano que por ese entonces también caminaba con frecuencia el parque, era la mayor atracción que poseía el lugar: los niños y los padres hacían filas interminables para subir a este y tener el privilegio de dar vueltas y vueltas imaginando -creo yo- que eran algún tipo de caballero, guerrero o guerrera de la Edad Medía.

En el 2019, cuando pasé por allí de nuevo, vi que no quedaba nada... el Carrusel había sido totalmente desarmado y en ese lugar sólo quedaban los sonidos de las risas de cientos de niñas, niños y padres que lo pudieron disfrutar. ¿A dónde irían a parar los caballos?, esa pregunta aún me da vueltas por la cabeza.

Cuando caminaba en las tardes, también veía el espacio arquitectónico que hay un poco más abajo del que fue el espacio del carrusel y que en una de mis clases de historia del siglo XX un profesor nos mencionó con peculiar interés: El Quiosco Samper o Quiosco de la Luz, es una réplica casi exacta del Belvedere (que traducido al español significa Bella Vista) ubicado en la finca Petit Trianon (en los Jardines de Versalles) y que mandó a construir, en el siglo XVIII, María Antonieta.

En el caso bogotano, el Quiosco Samper fue donado por los hermanos Samper Brush (que también tenían, dese 1895, el laborioso papel de abastecer de energía a toda la ciudad) para celebrar el centenario de la Independencia de Colombia en 1910; su principal uso fue acoger la exposición tecnológica que celebraba la independencia colombiana del 20 de julio de 1810.

El Quiosco se volvió importante porque también se convirtió en planta de energía eléctrica durante un tiempo (por eso también se le dice el Quiosco de la luz) y porque su arquitectura  -que siempre me ha parecido inigualable- cautivó a los bogotanos. Y es que cómo no: tiene acceso a su interior por los cuatro puntos cardinales y en sus paredes reposan talles de las distintas estaciones del año. Actualmente funciona como punto de información turística y también como punto de encuentros e inicios de varios romances capitalinos.

El Parque de la independencia se volvió mi refugio y mi manera de aprender más sobre la historia de Bogotá, también se volvió mi punto de encuentro favorito, el lugar desde donde observaba la Torre Colpatria en las noches, el sitio ideal para componer mi corazón y alma y mi guarida para tomar fuerzas para salir al resto de ciudad: el Parque de la Independencia me dio, desde el 2012, mis mejores días, mis mejores lecturas sentada en sus pastos y, sobre todo, me dio la calma y la paciencia que hoy en día tengo impregnada en mi persona.

Es un buen lugar para conocer, caminar, aprender y, sobre todo, para imaginar.

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