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La fiesta, declarada patrimonio cultural de la ciudad en 2005 por el Concejo de Bogotá, presenta obras de teatro, comparsas, comida y bebidas típicas, juegos tradicionales y grupos musicales. Este año, debido a la pandemia, la celebración se mudó a la virtualidad. Pero desde ya los habitantes del barrio Egipto y el comité organizador preparan la edición 2022.

Hoy reconocemos la fiesta como un fortín de la identidad capitalina, pero poco sabemos sobre quiénes están detrás de ella. Por eso busqué a algunos habitantes tradicionales del barrio Egipto, personas que han participado en la celebración desde niños y que hoy, medio siglo después, siguen involucrados en ella. Los testimonios de Alfonso Cañón, Luz Marina Piraquive, Daniel Guerrero y Evangelina Martínez muestran el impacto social y afectivo de la fiesta más antigua de Colombia, y también su monumental transformación con el paso del tiempo.

“Aquí está la Colombia de pueblo”

La vida de Alfonso Cañón no se puede contar sin la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía. Tiene 64 años, es albañil y ha participado en la celebración desde niño. Ha personificado a los reyes magos, ha amanecido bebiendo guarapo (una típica bebida del altiplano) y jugando tiro al blanco, ha parrandeado en los históricos conciertos de Joe Arroyo y Darío Gómez, pero sobre todo ha liderado el trabajo que hace posible la fiesta.

Hoy es presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Egipto. Su labor consiste en supervisar que los vendedores de comidas y bebidas típicas cumplan con las medidas de salubridad requeridas. Se reúne con la Alcaldía Local de La Candelaria para evaluar el desarrollo de las ediciones y lleva las propuestas de la comunidad. Señala dónde se deben instalar los baños portátiles y qué avenidas se deben cerrar. En los últimos cinco años, su principal preocupación ha sido volver a impulsar los juegos tradicionales de la fiesta que se extinguieron con el paso del tiempo, como las carreras de ciclismo y de encostalados.   

Para Alfonso, la celebración ha tenido un progreso notable. Antes no había carpas para montar los puestos de comida, sino toldos de plástico sostenidos por palos de madera. Antes se usaba leña para cocinar, causando un daño ambiental, ahora se usa gas, cuya instalación cuenta siempre con la supervisión del personal de Bomberos. Antes cualquier persona podía ofrecer su comida, ahora los vendedores deben certificar un curso en manipulación de alimentos. Los tres días de fiesta cuentan con la presencia de la Policía, personal médico y del IDIGER, para controlar las aglomeraciones. “Desde hace 12 años las entidades del Distrito entraron a la fiesta para proponer reglas de juego que han mejorado su calidad”, piensa. 

Alfonso siente que la fiesta ha sobrevivido al cambio generacional por una razón: la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía es una celebración de la cultura popular que habita en todos los colombianos. “Usted encuentra aquí comida típica de todas las regiones del país. También artesanías, bisutería, sombreros, pinturas, juegos y grandes orquestas de música popular. Aquí está la Colombia de pueblo”.

“Son tres días para olvidarse de los problemas y las tristezas”

Luz Marina Piraquive es una de las vendedoras de chicha más tradicionales del barrio Egipto. Aprendió a prepararla con su madre, una campesina oriunda de Jenesano, Boyacá, quien era conocida en el barrio por su restaurante de comida típica. “Nosotros la hacemos bien fermentada, espesita, como debe ser… Y sin colorantes”. Luz Marina, a punto de cumplir 62 años, habla de nosotros porque la venta de chicha es su negocio familiar: con ella trabajan sus hijos, su hermana y su sobrina.

La Fiesta de Reyes Magos y Epifanía es una oportunidad de trabajo decisiva para la comunidad. Ella cuenta que durante los tres días de celebración puede vender tres millones de pesos, con lo que paga los servicios y compra el mercado de varios meses. La fiesta genera 500 empleos directos, según cifras de la Junta de Acción Comunal del barrio Egipto. Los grandes beneficiados son los adultos mayores, las madres cabezas de hogar, los jóvenes y las personas de condición de discapacidad.

Cada edición crece el número de asistentes a la celebración. En 2019, acudieron más de 30.000 personas.  ¿Por qué su propularidad no ha decaído en el tiempo? Luz Marina lo explica así: “Los turistas notan la calidez humana que tiene cada vendedor. Los recibimos con amor. Aquí les damos un abrazo, una caricia, un beso. Muchas veces llegan personas tristes al puesto. Uno los escucha, les da ánimo, una buen vaso de chicha y salen con otra cara.  Ellos son los mismos que se encargan de invitar a más gente. Son tres días para olvidarse de los problemas y las tristezas”.

“Yo solo me retiraré cuando mi Dios disponga”

Daniel Guerrero, de 66 años, ve en la iglesia de Egipto, erigida en el siglo XIX bajo el nombre La Señora del Destierro y Huída de Egipto, su segunda casa. Desde pequeño, y con la guía de diferentes párrocos, ha colaborado para llevar a cabo las celebraciones de Semana Santa, la novena navideña y la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía.

Daniel ha encarnado a los reyes magos, a los soldados romanos y, a lomo de caballo, desfiló en los años ochenta por La Candelaria hasta llegar al Instituto Roosevelt, donde entregó junto con sus vecinos regalos a los niños hospitalizados.  “Yo solo me retiraré de la fiesta cuando mi Dios disponga”, dice.

Su esposa, Evangelina Martínez, ha participado en la fiesta desde hace medio siglo, cuando le ayudaba a su mamá a preparar platos para la venta. “Mi especialidad es la especialidad que tuvo mi mamita: el ajiaco santafereño, la mazamorra chiquita y la gallina”, cuenta. En los días de celebración, una de sus hijas atiende a los clientes, mientras otra cocina y ella dirige. La fiesta significa para ella un viaje nostálgico al pasado: “Mucha gente que se ha ido del barrio y familiares que viven en otras partes llegan a saludar y a comer en mi puesto. Mi anhelo cada enero es reencontrarme con ellos. Eso le alegra a uno mucho el corazón”.

Por su parte, a Daniel le gusta saber que, con su labor como parte del comité organizador de la fiesta, les está ayudando a sus vecinos a vivir mejor. Piensa que la fiesta sobrevirá al paso del tiempo, a los procesos de urbanización y a los discursos de modernidad, pues es parte inseparable de la identidad del barrio Egipto. “Han cambiado a los párrocos, las autoridades han propuesto nuevas normas, pero la fiesta no se acaba. Los habitantes del barrio no permitiremos nunca que se acabe”, concluye.

Estos testimonios son prueba de la carga emocional y del impacto socioeconómico que ha generado la fiesta década tras década. El barrio Egipto te espera durante los primeros días de enero para que te sumerjas en la Colombia popular, donde se celebra la vida con ritos religiosos, comida típica y juegos tradicionales. #EnBogotáNosVemos

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