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Sol y lluvia

La bipolaridad climática de Bogotá es innegable. En condiciones térmicas normales, sol y lluvia se  entrelazan casi de manera simultánea. A un aguacero torrencial lo puede reemplazar con facilidad un sol picante y mezquino en cuestión de minutos y como por arte de magia. 

Por eso, un elemento esencial para transitar en Bogotá es la sombrilla. Salir sin sombrilla es  aceptar los designios de un destino irreparable o una broma universal. No hay que confiarse del  cielo azul y despejado. Bogotá siempre tiene un aguacero al acecho, esperando agazapado entre  las montañas: listo para sorprender a algún desprevenido.  

Pero la lluvia hace parte de la magia de esta urbe. Bogotá se transforma cuando el aguacero  arrecia: su asfalto se vuelve brillante, la tierra desprende un olor dulzón y húmedo, las calles se  desnudan mientras la gente corre a buscar refugio… El mejor momento para caminar la ciudad es  cuando llueve.  

Para conocer a Bogotá hay que caminarla, así sea un poquito. Hay que permitirle a la suela de los  zapatos tener contacto permanente con la tierra que están tocando. 

 

Se hace camino al andar 

Un buen plan en Bogotá es caminar sobre la carrera Séptima, desde el parque de los Hippies hasta  el centro de Bogotá, bajo el manto de los edificios y el ruido de los vehículos. Ese recorrido tiene  muchos atractivos porque ofrece una escenografía cambiante y entretenida debido a la cantidad  de negocios que se encuentran en el camino: desde almacenes de música hasta tiendas para  echarse una pola al compás de unas bellas tonadas de rocola.  

Después de la cerveza, se puede dar una vuelta por el Parque Nacional. Ese tapete verde que  conecta con los Cerros Orientales y que parece perdido entre la multitud de edificaciones que lo  anteceden. Es el segundo parque más antiguo de Bogotá y lleva el nombre del presidente que lo  fundó, Enrique Olaya Herrera

Además del Parque Nacional, se puede encontrar con el Museo Nacional unas cuadras más  adelante. Con sus 195 años de historia, es el museo más antiguo de Colombia. Vale la pena aclarar, que ha cambiado varias veces de ubicación. La sede actual, la que se encuentra sobre la séptima,  antiguamente era una penitenciaría y fue diseñada por el arquitecto danés, Thomas Reed. 

 

Pegado al Museo Nacional, unas cuadras más arriba, está el Planetario De Bogotá. Su  programación culturar es muy interesante, sobre todo cuando se trata de la temporada de shows  láser con música de Queen, Metallica, Pink Floyd o Gustavo Cerati.  

 

Después del Planetario, desembocamos en la Séptima Peatonal. Allí la oferta de artistas callejeros  es infinita: músicos de jazz, cantantes, bailarines, artesanos, pintores, escritores, comediantes,  profetas, detentores de la moral, actores, malabaristas, expertos en juegos de azar, etc.  

En el cruce de la Séptima con Avenida Jiménez está la iglesia de San Francisco, la más antigua de  Bogotá. Es una construcción histórica que ha sobrevivido con estoicismo los embates implacables  del tiempo y la decidía. Además de ser un templo de fe, es un monumento que atesora en su  interior la inquebrantable voluntad de la ciudad que representa.  

 

A pocos pasos de la iglesia y a un costado del parque Santander, el Museo del Oro yace como un  búnker que custodia la colección de orfebrería prehispánica más grande del mundo. Es un lugar  inspirador que vale la pena visitar. Sus guías son excelentes y es una parada obligatoria para las  mentes curiosas.  

 

El Fin 

Aún queda mucho camino por andar, muchas calles por atravesar, muchas historias por conocer.  La leyenda de Bogotá se sigue escribiendo gracias a sus habitantes. Millones de personas con  sueños y esperanzas, alimentando el desarrollo de la ciudad, afrontando con berraquera los miles  de problemas de vivir en una ciudad que parece construida sobre una superficie frágil y de mucho  cuidado.  

Bogotá ha sabido transformarse en un símbolo que nos representa como ciudadanos, que nos  conecta con su historia y que nos transforma en arquitectos de su futuro. Es ese hilo conductor  que va tejiendo la historia de nuestras vidas 

Más de 8 millones de personas conviven en una ciudad que nunca deja de sorprender porque en  ella convergen representantes de diversas culturas: regiones que nutren la amalgama cultural de  esta imponente Bacatá.

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